domingo, 22 de junio de 2008

Guillermo Mendoza

José Antonio Hernández Guerrero
En su voz se encierra el código con el que podemos interpretar las sutiles líneas que dibujan su espíritu sereno, amable y esperanzado


Guillermo Mendoza
José Antonio Hernández Guerrero

Si escuchamos con atención –y, sobre todo, con respeto y con afecto- la voz de Guillermo, llegamos a la conclusión de que no necesitamos las explicaciones de los lingüistas ni de los retóricos para comprender que en ella se concentran los rasgos más característicos de su perfil humano. La entonación y el ritmo, las sílabas y las pausas con las que él articula el discurso de su vida nos ofrecen unas elocuentes pistas para que leamos -descifremos y valoremos- los alentadores mensajes que nos transmite con esa pronunciación controlada y con esa expresión transparente de su rostro apacible.
En su voz se encierra el código con el que podemos interpretar las sutiles líneas que dibujan su espíritu sereno, amable y esperanzado. Su pronunciación tan característica nos descubre la pequeña verdad que resume su concepción de la vida humana.
La voz de Guillermo genera una corriente circular de intercomunicación y un vínculo de interconexión que nos transmite la seguridad de que él nos atiende, de que nos entiende y, sobre todo, de que está dispuesto a ayudarnos: a servirnos en algo y para algo. A mí me llama la atención, sobre todo, la naturalidad, la sinceridad y la autenticidad con la que provoca el encuentro íntimo entre las personas, sin el menor atisbo de exhibicionismo, de vanidad, de narcisismo, de autosatisfacción, de pedantería ni de frivolidad. Tengo la convicción de que la imagen serena que proyecta es la expresión directa de la sosegada aceptación de su propia personalidad que, en ningún momento, siente necesidad de mostrarse de manera diferente a como es.
Hemos de reconocer que, para transmitir el fondo profundo de nuestro espíritu, es imprescindible que lo expresemos, más que con palabras, con el testimonio de una vida coherente, con las actitudes sinceras que adoptamos ante los que con nosotros conviven, en especial, en los momentos de dolor. Las palabras sólo establecen y sellan la comunicación cuando expresan los asentimientos auténticos de amor y de respeto al interlocutor. Son la sanción de un esfuerzo vital. La voz y la imagen personal transmiten mensajes sólo cuando condensan nuestro concepto de la vida, del hombre y de la sociedad. Las palabras sólo son válidas cuando traducen nuestras convicciones profundas y nuestros testimonios coherentes.
Esta transparencia del rostro amable de Guillermo, abierto como las ventanas de una casa para recibir la luz, nos transmiten una intensa carga de humanidad y de paz porque refleja e ilumina el alma pacífica y la expresión pacificadora de un luchador tenaz y de un sufridor infatigable. Su voz, en resumen, constituye una elocuente metáfora de las vidas elementales, laboriosas y sencillas de muchos de nuestros convecinos porque rima a la perfección con su mirada serena, tranquila y confiada, y porque manifiesta su generosidad, su alegría y su paz interior.

Jaime Cordero Barroso



Jaime Cordero Barroso
Uno de sus motores más activos de este hombre, agudo, incisivo y perspicaz, es el profundo amor al pueblo y a su pueblo de Alcalá de los Gazules

José Antonio Hernández Guerrero

Jaime constituye, a mi juicio, una de las pruebas más contundentes de la inagotable capacidad que poseen los seres humanos para, al mismo tiempo que maduran, seguir creciendo y produciendo frutos, para, acrecentando la conciencia del tiempo y del espacio en los que viven, hacer más habitable el entorno familiar y para construir una sociedad más solidaria.

Hombre agudo, incisivo y perspicaz, está entrenado para jugar el partido de la vida en campo propio y en los terrenos adversarios. Desde muy joven desarrolló una singular habilidad para aprovechar las oportunidades, para llevar el balón al fondo de la portería contraria, tras saltar por encima de las barreras sociales gratuitas y de las convicciones ideológicas injustificadas. Dotado de una paciencia invencible y de una férrea disciplina, ha sabido mantenerse alerta, con la musculatura en tensión y con el ánimo disponible, mientras aprendía cada uno de los secretos del fútbol, de la vida.

Hombre culto, atento y observador, de palabra fácil y de escritura elegante, clara y directa, es enemigo de las ambigüedades y de los circunloquios, y asume la vida como un horizonte abierto a experiencias siempre inéditas y como una rica cadena de oportunidades para seguir aprendiendo. Estoy convencido de que uno de sus motores más activos es el profundo amor al pueblo y a su pueblo. Quizás aquí radique también el secreto de su notable habilidad para tratar con respeto a los hombres sencillos y para relacionarse con naturalidad con la gente ilustrada. La claridad de sus palabras, fieles trasuntos de la claridad de sus ideas, constituye la manifestación directa de su sólida formación humanista.

Estas son las razones por las que no nos extraña la manera clara que Jaime posee de pronunciarse en público y en privado sobre cada uno de los asuntos concretos que la vida moderna nos presenta. Por eso nos resultan especialmente atractivas sus formas convincentes de analizar los problemas reales, eludiendo la tentación de caer en la superficialidad, en el radicalismo y en el exhibicionismo. Desde siempre, valoré, de manera especial, su realismo, su madura aceptación de la realidad inevitable, por muy dolorosa que fuera. Cualquier momento y cualquier ocasión le resultan propicios para convertirlos en oportunidades para escuchar y para atender las demandas, muchas veces silenciosas, de los demás.

Es posible que, en el fondo de su conciencia, aún le sigan resonando unas palabras que, con cierta frecuencia, repetía Sebastián Araújo, uno de esos antiguos maestros que lo estimularon para que lograra una libertad que le hiciera posible sacar a flote su rica personalidad:

“La vida humana es, ciertamente, demasiado importante y demasiado breve como para esperar los grandes acontecimientos para vivirla: o se vive en plenitud cada uno de los instantes o no se vive la vida”.

Francisco Álvarez Mateo



Francisco Álvarez Mateo
Un creyente convencido de que existe un más allá que está ahí, muy cerca de nosotros.
José Antonio Hernández Guerrero

Con sus gestos sobrios y con sus pausadas palabras, Francisco Álvarez Mateo nos transmite un mensaje claro: que nos despojemos de las poses ridículas y de las fórmulas estereotipadas, que abandonemos esas posturas artificiales que, como máscaras inútiles, ocultan o disimulan nuestra radical pequeñez. Con sus actitudes discretas nos explica que hemos de desconfiar de los sermones grandilocuentes y que hemos de confiar en la bondad del Padre que habita esta tierra, que transita por nuestras las calles, que se aloja en nuestras casas y, sobre todo, que late en el fondo de nuestro corazones.
Paco -lento y pulcro- está convencido de que la misión de los creyentes es, simplemente, acompañar a los desvalidos. “Dejadme, por favor, -repite de vez en cuando- que sea un cura a mi estilo”. Y es que él defiende ese modelo de sacerdote que, hombre normal, lee el Evangelio, está enraizado en su tierra y convive como el pueblo sencillo y con el pueblo sencillo.
Por eso se conforma con ser un servidor que cumple la gozosa tarea de invitar amablemente a los hombres y a las mujeres para que nos respetemos, nos comprendamos, nos ayudemos y nos queramos. Esperanzado creyente en los seres humanos, propone a sus acompañantes que, con templanza, con serenidad y con cariño, entablemos un diálogo abierto con todos los hombres de buena voluntad, pero, además. nos anima para que, silenciosamente, nos acerquemos y acompañemos, sobre todo, a los enfermos, a los ancianos y a los que sufren. Eso es lo que él hace en la Residencia José Matía Calvo en la que vive. Él sabe muy bien que, bajo las apariencias corporales, laten unos sentimientos muy hondos y, además, está convencido de que, aunque a simple vista no lo percibamos, existe un más allá que está ahí, muy cerca de nosotros.
Paco conoce que una de las herramientas más potentes para alcanzar la paz personal y colectiva es la oración sencilla. Recuerdo cuando, con cierto tono de tristeza, me comentó hace ya varios años su preocupación por el inútil esfuerzo que hacen algunos por convertir la fe en una teología y la teología en un conjunto de palabras confusas y absurdas, ajenas a los problemas y a los sufrimientos, y alejadas de las sensaciones y de los sentimientos que experimentamos cada día.
Su mirada desde la debilidad le obliga a un ejercicio de lucidez desgarrador porque, cuando contempla a los seres humanos que están situados en la sombra inquietante del sufrimiento, en la línea imperceptible que separa la vida de la muerte, su visión no puede sostenerse en el vacío sino que busca una guía luminosa que le proporcione algún sentido, sobre todo, en estos tiempos de tribulación en los que, febril y enloquecidamente, voces interesadas o desaprensivas nos empujan desde fuera para que huyamos hacia delante con el riesgo de precipitarnos en la autodestrucción.

Miguel Román





Miguel Román: que no regatea esfuerzos para escarpar la senda de la escritura creativa.
José Antonio Hernández Guerrero

Miguel es uno de esos esforzados seres humanos que, tras haber pasado toda una vida redactando -con orden, con corrección, con rigor y con esmero- numerosos textos administrativos y jurídicos, ha decidido subir la escarpada senda que le conduce al espacio abierto de la escritura creativa, a ese horizonte en el que están situados los que se sienten llamados, ineludiblemente, a efectuar el milagro de compartir la intimidad individual e intransferible; a perderse por los vericuetos de la imaginación y a encontrarse a sí mismo; a crear lazos de amistad con seres distantes; a hacer partícipes a otros de las propias sensaciones, sentimientos y pensamientos.
Dotado de una indomable voluntad y de una férrea disciplina, pretende saltar las alambradas que cercan a los serviciales escribientes y a los minuciosos copistas, para dejar constancia, y para comunicarnos al mayor número de conciudadanos los ecos que en su espíritu despiertan los episodios que, con su pícara mirada, él contempla.
Miguel sabe muy bien que escribir es formular, de manera imprecisa e incompleta, las experiencias vividas, pero que, además, es abrir puertas y ventanas: las puertas de la libertad y las ventanas de la solidaridad; es cruzar los puentes de la incomprensión; es hacer posible lo imposible. A pesar de su dilatada experiencia, aún se disfraza de niño para, con sus ingeniosos versos, jugar con nosotros a descubrirse y a esconderse y, para, con sus travesuras, divertirnos iluminando y, a veces, oscureciendo los percances de la vida. Excelente gourmet, no se conforma con deglutir las sustancias que extrae de sus múltiples experiencias, sino que nos la ofrece para que, reunidos en un festín de amigos, las saboreemos con fruición.
Aunque ya hace algún tiempo que traspasó la barrera de los setenta, aún sigue estudiando con la misma dedicación que lo hacen los jóvenes a los que les faltan escasas fechas para superar las pruebas de selectividad, y es que Miguel, está empeñado en mejorar su estilo literario con el fin de “buscar el tiempo perdido” y cometer algunas de las travesuras obvias, inocentes y perdonables que no perpetró durante su difícil adolescencia.
Es posible que éstas sean las claves que nos explican la razón de ese tiempo que le roba al día y a la noche para escribir y, así, evitar que se le olviden los asuntos más importantes de su vida: el amor y la amistad. “Escribir –nos confiesa- es una forma de hacer que permanezcan inalteradas las experiencias vitales, sin que influyan los cambios que experimentados en nuestra voz y en nuestro rostro. Escribir es una manera de curarnos, de recuperarnos, de vivir sin morir completamente. Ésta es la razón honda por la que se esfuerza para que, en sus poemas, quede algo -quizás lo más auténtico- de él mismo y, sobre todo, para hacernos a los demás partícipes de su vida, para confiarnos sus secretos, para comprenderse a sí mismo y para que los demás lo comprendamos a él.

Manolo Chaves



Manolo Chaves
José Antonio Hernández Guerrero

Manolo, persona inquieta, dinámica, intuitiva y rápida de reflejos, concentra en su menuda figura una intensa y explosiva energía. Desde que se levanta hasta que, ya rendido por tanto trajinar, se acuesta, está en permanente movimiento. Extrovertido, despierto y atento, este gaditano y viñero posee una notable habilidad para conectar con las gentes y una singular destreza para entablar relaciones sociales. Sus actitudes y sus comportamientos, su sencillez, su servicialidad y su cordialidad definen y personi­fi­can un estilo de ser humano que tiene mucho que ver con nuestro singular paisaje urbano y, sobre todo, con nuestra historia trimilenaria, con los continuos cambios de nuestros vientos y con los diferentes movimientos de nuestros mares.
Algunos clientes de El Faro afirman que ya ha cumplido el medio siglo en este restaurante en el que él trabaja, pero otros -los más agudos- están convencidos de que él está allí desde siempre y que permanecerá, inalterable y solícito, para siempre. Lo cierto es que conserva el mismo aspecto juvenil e igual disposición servicial que tenía cuando, todavía un chaval, empezó a trabajar allá por los años setenta del pasado siglo XX.
Manolo es, sencillamente, un trabajador detallista, responsable y eficaz que, contra viento y marea, ha atendido a abuelos, a hijos y a nietos, y que decidió ser libre para vivir plenamente su vida y, sobre todo, para dar testimonio de su profunda convicción de que el amor es el impulsor central de la existencia humana.
Con su mirada interrogante delata un espíritu inocente en el sentido más profundo de esta palabra: contempla el mundo -cada uno de los elementos de la naturaleza y cada uno de los miembros de la sociedad- con la limpia ingenuidad y con la candorosa lucidez del niño que descubre los misterios de las cosas elementales. Con sus ojos abiertos y con sus oídos atentos, penetra en la vida práctica, atiende los asuntos sin turbarse, trata a sus compañeros y sirve a sus clientes con cordialidad.
Sencillo y esperanzado, Manolo es un perspicaz observador de la vida, un ameno conversador y un contador de deliciosas historias capaces de trasladarnos en el tiempo hacia adelante y hacia atrás. Sus relatos, salpicados de referencias apoyadas en datos concretos y en fechas exactas, brillan por la inapelable exactitud del historiador riguroso. Sus comentarios, condimentados con una pizca de pimienta y con la fina sal de La Caleta, nos demuestran que, además de ocurrente y reflexivo, es inteligente e ingenioso. Amable y, a veces, impaciente, con sus observaciones cargadas de chispa y de razón, nos enseña a valorar y a vivir la vida, a hacer las cosas bien, a despojarnos de poses ridículas, de fórmulas estereotipadas, de posturas artificiales porque –como él afirma- “las máscaras no ocultan nuestra radical pequeñez”.

Ricardo Miranda




Ricardo Miranda: un médico que, además de profesional y científico, es un ser muy humano.
José Antonio Hernández Guerrero

Ricardo Miranda, hombre atento, amable y delicado, está convencido de que el lenguaje es una de las herramientas terapéuticas y de que la discreción es un escudo que nos protege de la frivolidad. No es extraño que, por lo tanto, sea un excelente administrador de las palabras y de las pausas ni que, con la expresión de su rostro sereno, nos exprese de manera directa la importancia que concede a su profesión de médico y el respeto que le merecen los pacientes. Me he fijado detenidamente cómo, quizás por estar habituado al análisis y a la reflexión, antes de hablar, espera hasta que encuentra el término preciso y la fórmula ajustada. Por eso es normal que le incomoden las algarabías, que prefiera escuchar antes de hablar y esperar el momento oportuno, para que, con prudencia, paciencia, discreción y templanza, acierte con la palabra adecuada.
Convencido de que su oficio es un servicio, durante su dilatada trayectoria profesional se ha entregado incondicionalmente a mejorar las condiciones en las que se deben desarrollar unas tareas que influyen, de manera directa, en la calidad y en la cantidad de la vida de los ciudadanos: la medicina, efectivamente, además de aliviarnos los dolores y de curarnos las enfermedades, nos ayuda de manera eficaz a “vivir la vida” en el más amplio e intenso sentido de esta expresión.
Si, como cirujano del aparato digestivo se distingue por el esmero, por pulcritud, por minuciosidad de sus intervenciones y por la confianza, por la tranquilidad y por los alientos que inspira a los pacientes, como presidente del Colegio Médico, desempeña sus delicadas tareas con lealtad a sus colegas y con la plena conciencia de quien es sabedor de que desempeña un servicio social a sus conciudadanos.
Su labor al frente del Colegio es de una eficacia y de una delicadeza reconocidas por todos los afiliados. La referencia que tengo de este médico es que se trata de una persona activa, cercana e interesada por todo lo que tiene relación con el ejercicio de la Medicina. Varios de sus colegas me habían adelantado que, cuando me entrevistara con Ricardo, advertiría desde el primer momento -que sentiría la sensación- de que es una persona seria, con la que, sin necesidad de muchas palabras, se establece una relación respetuosa y cordial.
La trayectoria médica de este gallego orgulloso de serlo, que posee una firme voluntad de ser gaditano y una irrenunciable vocación universalista, está orientada por su lúcida inteligencia, por su fina sensibilidad, por su cordial seriedad y, en resumen, por esos rasgos que adornan a los médicos que, además de profesionales y científicos, son seres humanos, muy humanos.


Martín Bueno Lozano

El padre Martín Bueno Lozano cumple noventa años.
Un sacerdote que, comprometido con sus gentes y atornillado a su suelo, ha sido fiel a las utopías del Evangelio
José Antonio Hernández Guerrero

El pasado lunes, día cinco, el padre Martín Bueno cumplió noventa años. A pesar de que siente el cuerpo fatigado por el largo viaje, este hombre bueno mantiene el espíritu despierto gracias a las luces que siguen inundando su dilatada vida y que han guiado sus múltiples tareas pastorales: las luz de las verdades en las que él cree, la luz de las promesas en las él que confía y, sobre todo, la luz del amor -de los amores- a los que él ha entregado toda su existencia.
Nos sorprende cómo, desde la cima de su ancianidad, sigue mirando el mundo con los ojos abiertos de aquel niño que nació en Jimena de la Frontera, un pueblo fronterizo que, situado en el límite de la provincia de Cádiz, asentado sobre la roca firme de su historia milenaria y de sus tradiciones ancestrales, recuerda su pasado con gratitud, contempla sus alrededores con serenidad y mira su futuro con ilusión.
Es posible que aquí residan algunas de las claves de su manera de reaccionar con permanente sorpresa, con limpia ingenuidad y con abierta franqueza. Quizás ésta sea la explicación profunda de la paciencia con la que ha tallado los sillares de su conducta coherente y de la habilidad con la que emplea las palabras para descubrirnos el sentido original de las cosas y para que, trascendiendo el sentido trágico, proclamemos nuestra fe en la vida.
Fíjense cómo, soñador e idealista, se ha comprometido con sus gentes y, atornillado a su suelo, ha sido fiel a las utopías del Evangelio. Dotado de un corazón libre y un poco salvaje, su trayectoria está marcada por una permanente búsqueda de sentido en dirección al abismo de la interioridad, por una pasión por el lenguaje, por la tendencia tenaz, incesante y obsesiva, a decir lo inefable, lo que nos toca más a fondo el sentido mismo de nuestra existencia.
Este hombre inquieto, intuitivo, locuaz y, sobre todo, bueno, que se ha alimentado de silencio para escuchar las voces íntimas que hablan sobre el vivir y que, ahora, volviendo a sus orígenes, prefiere, simplemente, la vida desnuda, sin adornos o, mejor, adornada de la misma desnudez. Esperanzado, nos explica cómo el amanecer gris de algunos días aciagos se transforma en la luminosidad del amor.
Aprovechamos la oportunidad de este cumpleaños para hacer patente nuestro respeto y nuestra admiración por su radical honestidad, por su total independencia, por su ilimitada curiosidad intelectual, por su exquisita cortesía y por su compromiso activo con los valores morales.
El padre Martín Bueno, sugeridor y entusiasta, es un adelantado, un avanzado que, dotado de una extraordinaria lucidez para roturar nuevos caminos, y provisto de una notable audacia para romper moldes anquilosados, ha sabido acomodarse a los ritmos desiguales de los tiempos, adaptarse a las sucesivas situaciones históricas y dar respuestas pastorales adecuadas a cada uno de los momentos cambiantes, ha hecho gala de una sorprendente “fidelidad creativa”.