Juan de la Fuente Santos
José Antonio Hernández Guerrero
Para la mayoría de sus compañeros, Juan de la Fuente es, simplemente, un intelectual. Y es que ellos se fijan, sobre todo, en su manera intensa de disfrutar con las ideas y con las palabras. Me dicen que ponga atención a su rostro complacido cuando descubre el significado profundo de esos escritos clásicos que, para muchos de nosotros, son enigmáticos, y me aconsejan que contemple la expresión alegre con la que interpreta el sentido íntimo de esos episodios cotidianos que a los demás nos parecen anodinos. Es cierto que, también, su satisfacción es contagiosa cuando nos cuenta sus hallazgos lingüísticos y, sobre todo, cuando traduce y actualiza las obras clásicas: efectivamente, Juan es un lector minucioso y un crítico riguroso que penetra hasta el fondo de los textos complejos para desentrañar los mensajes que, renovados, aún nos proporcionan sustancias vitales. Por si te interesa continuar
Estamos de acuerdo en que Juan es un investigador científico, que está dotado de una singular capacidad analítica y de una sorprendente habilidad de penetración, también en que es un pensador y un estudioso capaz de captar los secretos íntimos que los textos guardan en sus misteriosas entrañas; incluso es probable que esa indisimulada cautela que a veces manifiesta, se deba al caudal de erudición que almacena y, sobre todo, al compromiso ético que ha contraído con su profesión.
Algunos de sus alumnos me han comentado cómo sus análisis les han ayudado no sólo a desentrañar los misterios y a descubrir los mundos imaginarios encerrados en los textos clásicos, sino también a orientar sus miradas hacia esos horizontes humanos que trascienden y contradicen nuestro mundo real, a veces, desquiciado. Otros celebran, sobre todo, su habilidad para explicar con amenidad y con sencillez las áridas cuestiones de la gramática latina. Es posible que él esté convencido de que, igual que los grandes maestros, la conversación constituye uno de los canales más fluidos para la reflexión, para el debate y para la enseñanza. Él parte del supuesto de que el diálogo relajado y cordial es el procedimiento más eficaz para el acercamiento a la verdad y para la transmisión de conocimientos.
Les confieso que a mí, todavía más que su exquisita sensibilidad para administrar su inaudita riqueza de registros y su agudeza de ingenio en el uso de los diferentes recursos de humor, me llama la atención su calidad humana reflejada en el respeto y en la delicadeza con que nos trata a todos. Ya sé que su ironía es un recurso hermenéutico que usa con la finalidad de descifrar, de comprender y de captar el sentido de las actitudes y de los comportamientos humanos, pero prefiero resaltar la altura de su talla reflejada en un optimismo esperanzado, en una probada honestidad, en una sencillez sin fingimiento, en una amabilidad sin ficción y en una capacidad de entrega a su trabajo, a su tierra y, sobre todo, a su familia.
sábado, 1 de noviembre de 2008
domingo, 12 de octubre de 2008
José Manuel Gozález Infante
José Manuel González Infante
Hombre agudo, sensible y esperanzado, conoce las diferencias que separan el bienestar animal y la felicidad humana
José Antonio Hernández Guerrero
La profunda convicción de que los seres humanos somos algo más que un organismo bioquímico y la certeza de que nuestro crecimiento, nuestro bienestar y nuestras tareas vitales trascienden los estrechos límites de la homeostasis -la adaptación a los cambios de medio ambiente- constituyen, a mi juicio, las claves iniciales que explican aquella temprana decisión que adoptó José Manuel González Infante para especializarse en Psiquiatría.
Hombre agudo, sensible y esperanzado, conoce las diferencias que separan el bienestar animal y la felicidad humana, reconoce la relación directa que existe entre la salud del cuerpo y los trastornos mentales, y es plenamente consciente de las distancias que se abren entre el dolor físico y el sufrimiento humano. Es comprensible, por lo tanto, que decidiera entregar su tiempo y sus energías a la asistencia, a la investigación y a la docencia de esta disciplina tan compleja que, como es sabido, ha alcanzado en los momentos actuales un alto nivel de complejidad.
No es extraño, por lo tanto, que todas sus acciones terapéuticas estén explícitamente orientadas y estimuladas por la firme voluntad de servir al hombre completo, al ser humano cuyos apetitos, aspiraciones, temores y afanes sobrepasan las exigencias del metabolismo animal. Éstas son las razones por las que él concibe y practica la Medicina como un conocimiento científico que, además de servirse de los instrumentos farmacológicos, tiene en cuenta los factores psicológicos, socio/culturales, históricos y antropológicos.
El profesor González Infante, Catedrático de nuestra Facultad de Medicina, es un apasionado investigador del hombre: de la mente y del cuerpo. Conocedor de la Anatomía, de la Biología y de la Psicología humanas, es un pensador y un crítico que disfruta analizando y relacionando ideas, es un científico dotado de una penetración intelectual desafiante, un luchador de la vida, un cultivador de la amistad, un hombre esencialmente moderado y conciliador, un testigo atento y un estudioso tenaz de nuestra historia y, en su ámbito profesional, un actor comprometido.
Siguiendo la senda de la discreción, nos proporciona unas evidentes muestras de su paciencia, una virtud, que según él, ha aprendido con los años, tras llegar a la conclusión de que cada día trae problemas nuevos y soluciones diferentes. José Manuel es un hombre minucioso y detallista que está dotado de un exquisito tacto y de una delicada sensibilidad; posee, sobre todo, un estricto sentido de la realidad y una sorprendente capacidad para modular sus intervenciones. Estamos de acuerdo con él en que las verdaderas batallas de la vida humana se libran dentro de uno mismo: es allí donde podemos encontrar las armas para dominar el miedo, la tristeza, la ansiedad y la angustia.
Ana Fernández Trujillo
Ana Fernández-Trujillo Jordán
Su mirada tierna constituye una verdadera terapia personal para curar las dolencias de un mundo devorado por las prisas
José Antonio Hernández Guerrero
La vida de Anita se concentra, se expresa y se transmite, toda ella, a través de su intensa mirada. Con sus ojos castaños, siempre alertas, no sólo nos cuenta con detalles el fecundo y apasionante trayecto que, en compañía de su marido Carlos, ha recorrido, sino que también nos explica su peculiar manera de nutrir su presente paladeando con fruición –y a veces con nostalgia- los jugos nutritivos de esas experiencias compartidas y repartidas. Su mirada limpia constituye el resplandor directo y expansivo de una luz interior, el reflejo de un alma sencilla que disfruta cuando saborea la vida.
En las dilatadas conversaciones con sus hijos, desde la nueva perspectiva actual, ella reedita unas anécdotas familiares que, en otro tiempo y desde una situación diferente, le suscitaron observaciones curiosas, asombros infantiles, turbaciones incomprensibles o sonrisas ingenuas. A mí me llama la atención la delicadeza y el tacto con los que, gracias a su amable mirada, es capaz de estimular sueños y sondear presentimientos. Con su voz, siempre controlada, nos sumerge en otra atmósfera y nos hace recordar, repasar, repensar, reconocer, redescubrir y revivir episodios familiares. Anita está convencida de que el momento presente es la ocasión decisiva para recuperar, para aprovechar y para disfrutar de todos esos otros momentos que constituyen su pasado -ya suavizado por el tamiz del recuerdo- y para afrontar su futuro encendido por el fuego de las ilusiones de sus hijos y de sus nietos. Ésta es, sin duda alguna, la mejor oportunidad para seguir su ruta emprendiendo unos nuevos derroteros.
En mi opinión, el mensaje más claro y más directo que Anita nos transmite con su mirada es que la ternura constituye una verdadera terapia personal para curar las dolencias de un mundo devorado por las prisas, por las brusquedades y por el atolondramiento.
Esta mirada tierna nos descubre el sentido de la vida porque, según ella, no son necesarias las grandes palabras, las elevadas metas ni los horizontes maravillosos, sino que son suficientes los paisajes cercanos, los momentos cotidianos y los pequeños pasos que damos para movernos por nuestra propia existencia sabiendo encajar las dificultades y los contratiempos, prestando atención a las personas que nos rodean. Para extraer lo mejor de la vida y mantener el aliento, incluso, en los desalientos y, sobre todo, para sentirse bien consigo misma, sólo es necesaria esa alegría sencilla que, paradójicamente, en la vida real es, a veces, compatible con los golpes del dolor e, incluso, con los crujidos de la tristeza.
María Luisa Niebla
La lectura constituye para ella una práctica terapéutica que le ayuda a reconciliarse consigo misma.
José Antonio Hernández Guerrero
Los que lean la afirmación que tantas veces he repetido que María Luisa es una excelente lectora, juzgarán con razón que me he limitado a proclamar una solemne obviedad ya que sus familiares, sus vecinos, sus colegas, sus alumnos y sus amigos conocen su afición -su obsesión dicen algunos- por leer y por releer los textos de los diferentes géneros literarios. Abrigo, sin embargo, la íntima confianza de que serán muchos los que hayan advertido que, con esta descripción tan simplificadora, me estoy refiriendo a un conjunto amplio de cualidades que definen su perfil intelectual y a una serie de actitudes que dibujan su imagen humana.
Tengo la impresión de que esa devoción por descifrar los mensajes de los textos escritos sobre el papel, sobre el paisaje y, en especial, sobre los rostros de todas las personas a las que ella trata, es su forma peculiar de añadirles profundidad y misterio; es su manera de interpretar los acontecimientos y de sacar un mayor partido a la vida; es su medio de ensanchar y de multiplicar la existencia. Ahí reside, a mi juicio, la clave de su habilidad para comprender y para explicar los episodios cotidianos, y su destreza para estimularnos a experimentar otras cosas, a animarnos para que mejoremos como seres humanos ampliando nuestros espacios de libertad y explorando todos los recovecos de la vida: del amor, del miedo, de la infancia, de la amistad, de la enfermedad, de la muerte o del placer. No es extraño, por lo tanto, que en ocasiones le hayamos escuchado afirmar que la lectura constituye para ella una práctica terapéutica que le ayuda a reconciliarse consigo misma: por eso –afirma- nos empuja, amigablemente, a que luchemos para no ser presas prematuras de una muerte inevitable.
A los compañeros que, admirados, me han preguntado por los resortes que esta mujer sensible, fuerte, ponderada, discreta y sobria, utiliza para conservar su contenida lucidez en los momentos de dolor o de alegría, me he atrevido a aventurar que, posiblemente, su hábito de lectura le ayuda a sentir la realidad actual y a desentrañar su misterio interno. Este hábito -además, por supuesto, del fervor que profesa por su marido José Manuel, por sus hijos Ana e Isidro, y por todos sus alumnos- es, a mi juicio, uno de los soportes en los que ella se apoya para, en vez de limitarse simplemente a transitar por la vida, examinarla detenidamente, saborearla, digerirla y vivirla.
La lectura constituye para Luisa, efectivamente, una ventana privilegiada para descubrir nuevos mundos, para relacionarse con personas insólitas con las que, unas veces se identifica o con las que otras veces, por el contrario, discrepa.
José Arana
José Arana
Un hombre sobrio que, con su sencillez, refleja el ideal de una vida humana plena en el sentido más hondo y completo de esta palabra
José Antonio Hernández Guerrero
Pepe es un hombre que se ha tomado la vida serio. Enemigo de las estridencias, de las frivolidades y de la palabrería, contempla, analiza y vive la vida desde la proximidad microscópica que le proporciona su compromiso social y desde la distancia telescópica que le confiere su condición de intelectual. Consciente de su situación privilegiada por el hecho de haber estudiado, administra sus reflexiones –escuetas, agudas y valientes- que están apoyadas en las experiencias compartidas con sus gentes, e iluminadas por los principios éticos de la libertad, de la solidaridad, del respeto y del amor por los más desfavorecidos.
He observado con atención cómo, en su trayecto ascendente hacia la madurez, ha ido cambiando progresivamente su situación en la cancha de juego: desde su inicial puesto de interior derecha que marcaba goles o proporcionaba balones para que otros jugadores ubicados más en punta los marcaran, gracias a su excelente técnica y a su visión de juego, pasó a cumplir, después, la función de mediocentro distribuidor. Finalmente se ha asentado en el centro de la defensa desde donde despeja balones con contundencia y sale con el balón jugado dándonos pruebas de su tino para iniciar los contraataques hacia la portería de las desigualdades.
Si, a veces, nos sorprende por su sobriedad, por su naturalidad y por la discreción de su imagen, su discurso nos llama la atención por su claridad, por su oportunidad, por su realismo, por su valentía e, incluso, por la ironía con la que despoja los episodios de unos brillos que siempre son engañosos. Por eso, si pretendemos interpretar el significado exacto de sus palabras cuando nos habla, por ejemplo, del tiempo -del que ha vivido, del que está viviendo y del que le queda por vivir-, hemos de fijarnos en la expresión picaresca de sus ojos entreabiertos.
Su figura es para nosotros la representación gráfica de lo sencillo que resulta a la gente de buena voluntad explicar con hechos las sendas que llevan a la construcción de un mundo más habitable. Con su densa manera de estar callado y, sobre todo, con sus elocuentes comportamientos ciudadanos, logra una eficacia que difícilmente alcanzan las deslumbrantes campañas publicitarias: refleja el ideal de una vida humana plena en el sentido más hondo y más completo de esta palabra. Sus gestos constituyen una respuesta directa, práctica y sin dramatismo a los interrogantes fundamentales de la existencia humana y una alternativa válida a esta vida de agitación, hastiada de tanto ruido vacío y de tanta vanidad ensordecedora.
Con su trabajo y con su preocupación por los marginados, nos ha desmontado la convicción interesada, errónea y mendaz de que, para elevar el nivel moral de los seres humanos y para favorecer la solidaridad social, es necesario encaramarse en las instituciones que ostentan los poderes políticos, intelectuales, económicos o religiosos. Los taburetes, las sedes, las cátedras, los púlpitos, las poltronas o los tronos distancian físicamente y alejan moralmente; enfrían la mente y secan el corazón.
Elena Mourier
Elena Mourier
Mujer de raza, inalterable y solícita, ha sido una pieza fundamental en el engranaje de nuestra Universidad
José Antonio Hernández Guerrero
Hace ya muchos años que doña Elena, con sus actitudes serias, con sus comportamientos rigurosos y con sus eficaces gestiones, ha constituido un argumento contundente para demostrar -a esos reticentes que aún siguen anclados en los prejuicios de un hosco machismo- la supremacía de las mujeres que, bien preparadas, son capaces de llevar a cabo algunos trabajos de administración reservados, en ocasiones, a los varones. Durante la infancia, adolescencia y juventud de nuestra Universidad Gaditana, en aquellos momentos de precariedad de personal y de ausencia de instrumentos informáticos, esta mujer culta, atenta, observadora, de palabra fácil y de escritura sobria, ha servido de manera fiel al progresivo desarrollo de nuestra comunidad universitaria.
Con su seriedad, con su rigor y con su eficacia ha liderado a un equipo de administrativos sin cuyos trabajos hubiera resultado imposible la marcha y el crecimiento de esta institución tan compleja. A lo largo de su dilatada trayectoria laboral, nos ha revelado las amplias dimensiones de su espíritu noble y franco, y con su lenguaje diáfano y directo, incompatible con las ambigüedades y con los circunloquios, nos ha transmitido uno mensajes saludables de bien hacer y de bien estar.
Mujer de raza, inalterable y solícita, ha sido una pieza fundamental en el engranaje administrativo de esa casa de la ciencia y de las letras. Contemplada desde nuestra óptica personal, nos ha llamado poderosamente la atención su modestia, su laboriosidad y su valentía, en contraste con la petulancia, con la indolencia y con la debilidad de algunos otros que -engreídos- a veces se aprovechan de la vanidad y de la ignorancia que los aduladores que los rodean.
Es posible que muchos de sus compañeros ignoren su inagotable capacidad para disfrutar y para hacer disfrutar a los suyos; su notable destreza para soñar y para hacer soñar con ese tiempo nuevo que, en compañía de Juan Antonio, su marido todavía le resta por vivir. Estoy convencido de que le sobran fuerzas y espíritu para seguir remando a lo largo de esa travesía que los dos, junto a sus hijos y a sus nietos, aún han de surcar.
Es posible que, en ocasiones, esta mujer inquieta y emprendedora, con su mirada limpia y directa -con esos ojos que son pozos profundos de experiencias y fuentes generosas de vitalidad- nos haya producido una impresión de cierta altivez, pero a los que la hemos tratado más de cerca, nos resulta un ser paciente, amable y tierno que siembra el amor y que cultiva la amistad. Estoy firmemente convencido de que, para interpretar y para valorar sus contenidos vitales y su trayectoria profesional, es necesario que examinemos con atención el itinerario -denso y dilatado- de esta mujer fuerte e independiente y, sobre todo, que apliquemos las claves humanas que le proporcionan sentido.
Balbino Reguera
Perfil: Balbino Reguera Díaz
Dotado de una notable paciencia humana y de una impaciencia evangélica, acompaña a sus feligreses por los caminos que conducen hacia la madurez humana y hacia la búsqueda de valores trascendentes
José Antonio Hernández Guerrero
Balbino Reguera Díaz, sacerdote, párroco, arcipreste, canónigo y delegado episcopal del clero, es, sobre todo, un hombre sencillo, detallista, responsable y eficaz que emplea su tiempo –todo su tiempo- en servir a los fieles y en acompañar a sus hermanos, los sacerdotes. La corpulencia física de este vallense nos revela las amplias dimensiones de su espíritu noble, y su fortaleza corporal es la expresión transparente de la consistencia de su confianza en las palabras de Jesús de Nazaret. Realista, reflexivo y coherente, el padre Balbino está dotado de una inteligencia práctica y de unos sentimientos nobles que le han dictado el rumbo de su andadura personal y de su trayectoria pastoral: su entrega generosa a la Iglesia y su amor sin fingimientos a los feligreses.
A mí me llama la atención, sobre todo, su habilidad para huir, tanto de la blandura condescendiente como de la intolerante rigidez. Por eso, quizás, no ha sucumbido a la obsesión de estar a la última moda ni de dejarse impresionar excesivamente por los alardes de una modernidad efectista en la que viven algunos de sus compañeros.
Dotado de una notable paciencia humana y de una impaciencia evangélica, con sus actitudes, más que con sus discursos, nos explica que su tarea sacerdotal consiste en acompañar a sus conciudadanos por los caminos convergentes que conducen hacia la madurez humana y hacia la búsqueda de los valores trascendentes. Las fidelidades de este hombre franco, claro y directo, enemigo de las ambigüedades y de los circunloquios, nos han estimulado para que, unidos y reunidos, construyamos la ciudad terrena implantando la libertad, el amor y la comunión fraterna. Amante de la vida buena y de la buena vida, nos cuenta los ecos entrañables que, en el fondo de su espíritu, despiertan los mensajes de Jesús de Nazaret. Balbino sirve al Evangelio con una fidelidad original, en estrecha relación con el Obispo -en comunión afectiva y efectiva con los sacerdotes que integran el presbiterio diocesano- .
Sin petulancia y sin teatralidad -aunque, a veces se le escapa cierto desdén por los teóricos errantes que se dejan llevar por la publicidad y por frívolos incapaces de reprimir el apetito desordenado de ser otros- nos proporciona argumentos que sus evidencian una insobornable personalidad humana y una conciencia ética y evangélica que le impiden hacer trampas, vulnerar los principios y transgredir las normas.
Balbino contempla el mundo que le rodea -cada uno de los elementos de la naturaleza y cada uno de los miembros de la sociedad- con la limpia ingenuidad y con la candorosa lucidez del niño que descubre los misterios de las cosas elementales. Con sus ojos abiertos y con sus oídos atentos, penetra en la vida práctica, atiende los asuntos sin turbarse y entiende a sus convecinos a los que trata siempre situándose en su mismo terreno y participando de sus mismas preocupaciones.
Ernesto Caldelas
Ernesto Caldelas Lobo
José Antonio Hernández Guerrero
Ernesto es una persona seria y alegre, afectuosa y formal. Si prestamos atención a la transparencia de su rostro despejado, descubrimos una permanente sonrisa gozosa o una indisimulada alegría sonriente que él proyecta sobre la superficie de su vida y sobre las personas que con él conviven. Su seriedad, su alegría, su cordialidad y su formalidad nacen de las entrañas de su vida, del fondo de sus convicciones, y se alimentan con el esfuerzo continuo que desarrolla por dotar de sentido todos sus comportamientos individuales, familiares, profesionales y sociales, intentando hacer compatibles su experiencias humanas y sus vivencias de la fe. Envuelve todas sus proyectos en una confesada preocupación evangélica como instrumento de asimilación humanizadota y, también, como una fuente de descanso y de libertad interior.
Su mirada tierna y acogedora, volcada sobre el exterior y sobre el interior, ilumina las menudas preocupaciones de la vida y nos demuestra cómo, a través de los ojos, descubrimos las fibras íntimas enraizadas en el fondo del corazón. Sus actitudes nos demuestran que “creer” (credere) tiene mucho que ver con “re - cor dare”: dar el corazón, entregarse y encontrar ahí la felicidad profunda del ser humano. Ahí reside, a mi juicio, su destreza para “bendecir”, sus energías para bien decir y para explicarse, para comunicar su pensamiento y, sobre todo, para acoger a los demás.
Las veces que, como todos los humanos, ha atravesado las sendas del dolor, ha mantenido su frente amplia y su expresión abierta llena de paz. La entereza e, incluso, la lucidez reflexiva hunden sus raíces en esa facilidad que posee para vivir armoniosamente una relación sana consigo mismo, con los otros y con las cosas, en esa destreza con la que trata las realidades físicas, las psíquicas y las espirituales, en esa habilidad con la que, agradecido, revive su tiempo pasado; en esa facilidad con la que, gozoso, aprovecha su presente e, ilusionado, proyecta su futuro.
Tras observar con atención su trayectoria, he llegado a la conclusión de que esa inclinación a contemplar la vida –la suya y la de los demás- y esa devoción por identificar los valores –las cosas buenas, dice él- es el resultado del esfuerzo continuado, que algunos de sus “formadores” le inculcaron en su adolescencia con el fin de que se abriera a la vida con los cinco sentidos y que se propusiera la meta de considerar la existencia humana como un soporte de valores incondicionados.
Ernesto es una persona buena –demasiado buena dicen algunos de sus amigos- que se detiene a mirar, a observar, a contemplar y a analizar los episodios –buenos o malos- sin caer en la tentación de culpabilizarse a sí mismo y, sobre todo, sin emprender una guerra con los demás.
miércoles, 9 de julio de 2008
Madre Purificación Pérez
Purificación Pérez
José Antonio Hernández Guerrero
A medida en que la madre Purificación Pérez se alejaba de los comentarios exegéticos para leer el Evangelio desde la vida -desde su propia experiencia como mujer y desde la cercanía con los seres que están situados en los márgenes de esta enloquecida corriente hacia el paraíso consumista- su nombre y su imagen han ido cambiando los vanos artificios y alcanzando unos progresivos niveles de transparencia: de madre pasó ser la hermana Purificación, de hermana Purificación, simplemente, a Purificación y, finalmente, a Pura y a la Puri.
En contra de las interpretaciones frívolas, a nuestro juicio, este dilatado recorrido ha sido un imparable acercamiento hacia la médula de su fe en Jesús de Nazaret y una profundización en las raíces de su vocación religiosa de hacer de la vida una sencilla respuesta de gratitud, viviendo la libertad de hijos de Dios, trabajando en la promoción humana, llevando al corazón del mundo la civilización del amor. Su único propósito fue y es llenar su vida y alcanzar su bienestar sirviendo alegremente a los más necesitados.
Pura distribuye su tiempo e invierte su vida en el Madrugador, en la cárcel o en Siloé -la asociación jerezana de ayuda a infectados de VIH/SIDA- con el simple propósito de descubrir los perfiles del rostro Jesús de Nazaret y con la intención explícita de adorarlo en los espacios en los que se hace presente y en los que revela su palabra y su amor. Ella está convencida de que, para interpretar adecuadamente el significado exacto de los mensajes evangélicos, es imprescindible alejarse de los brillos –siempre engañosos- de la sucesivas modas y corrientes teológicas, y situarse en esos espacios alejados de los ruidos mediáticos y propagandísticos.
A mí me llama la atención sus actitudes desenfadada y su sonrisa socarrona. Estoy convencido de que éstas son, efectivamente, las armas dialécticas que Pura utiliza para despojar la vida religiosa de esos disfraces convencionales que ocultan las verdadera sustancia del Evangelio. Por eso, cuando nos habla, por ejemplo, del tiempo -del que ha vivido, del que está viviendo y del que le queda por vivir-, hemos de prestar atención a la expresión picaresca de sus ojos entreabiertos y a los leves pliegues de la comisura de sus labios.
Algunas de sus hermanas piensan que esta actitud desmitificadora se debe a su imaginación, pero yo estoy convencido de que las claves de su amable escepticismo residen en su peculiar manera de leer el Evangelio, en su forma de mirar, de examinar y de digerir la vida distinguiendo lo esencial de lo accidental o, mejor dicho, en su modo de separar los valores auténticos de los envoltorios ilusorios. Y es que, en el fondo más íntimo de esa manera tan lúcida, tan desenfadada y tan espontánea de encarar la vida, late su convicción de que la mejor forma de resolver los problemas es mezclar, con habilidad, una dosis de sentido común y otra de amor.
José Antonio Hernández Guerrero
A medida en que la madre Purificación Pérez se alejaba de los comentarios exegéticos para leer el Evangelio desde la vida -desde su propia experiencia como mujer y desde la cercanía con los seres que están situados en los márgenes de esta enloquecida corriente hacia el paraíso consumista- su nombre y su imagen han ido cambiando los vanos artificios y alcanzando unos progresivos niveles de transparencia: de madre pasó ser la hermana Purificación, de hermana Purificación, simplemente, a Purificación y, finalmente, a Pura y a la Puri.
En contra de las interpretaciones frívolas, a nuestro juicio, este dilatado recorrido ha sido un imparable acercamiento hacia la médula de su fe en Jesús de Nazaret y una profundización en las raíces de su vocación religiosa de hacer de la vida una sencilla respuesta de gratitud, viviendo la libertad de hijos de Dios, trabajando en la promoción humana, llevando al corazón del mundo la civilización del amor. Su único propósito fue y es llenar su vida y alcanzar su bienestar sirviendo alegremente a los más necesitados.
Pura distribuye su tiempo e invierte su vida en el Madrugador, en la cárcel o en Siloé -la asociación jerezana de ayuda a infectados de VIH/SIDA- con el simple propósito de descubrir los perfiles del rostro Jesús de Nazaret y con la intención explícita de adorarlo en los espacios en los que se hace presente y en los que revela su palabra y su amor. Ella está convencida de que, para interpretar adecuadamente el significado exacto de los mensajes evangélicos, es imprescindible alejarse de los brillos –siempre engañosos- de la sucesivas modas y corrientes teológicas, y situarse en esos espacios alejados de los ruidos mediáticos y propagandísticos.
A mí me llama la atención sus actitudes desenfadada y su sonrisa socarrona. Estoy convencido de que éstas son, efectivamente, las armas dialécticas que Pura utiliza para despojar la vida religiosa de esos disfraces convencionales que ocultan las verdadera sustancia del Evangelio. Por eso, cuando nos habla, por ejemplo, del tiempo -del que ha vivido, del que está viviendo y del que le queda por vivir-, hemos de prestar atención a la expresión picaresca de sus ojos entreabiertos y a los leves pliegues de la comisura de sus labios.
Algunas de sus hermanas piensan que esta actitud desmitificadora se debe a su imaginación, pero yo estoy convencido de que las claves de su amable escepticismo residen en su peculiar manera de leer el Evangelio, en su forma de mirar, de examinar y de digerir la vida distinguiendo lo esencial de lo accidental o, mejor dicho, en su modo de separar los valores auténticos de los envoltorios ilusorios. Y es que, en el fondo más íntimo de esa manera tan lúcida, tan desenfadada y tan espontánea de encarar la vida, late su convicción de que la mejor forma de resolver los problemas es mezclar, con habilidad, una dosis de sentido común y otra de amor.
lunes, 7 de julio de 2008
Justo Fajardo
José Antonio Hernández Guerrero
Contemplando las actitudes, los gestos y los comportamientos de este hombre sencillo, activo e inquieto, recibo la impresión de que, quizás condicionado por su nombre, siente el ineludible deber de favorecer el progreso de la justicia en las relaciones sociales y experimenta la necesidad de colaborar en el ajuste entre el progreso humano y el respeto a la naturaleza.
No es extraño, por lo tanto, que aproveche todas las oportunidades que se le presentan, para denunciar las diferencias sociales, laborales, económicas, jurídicas e, incluso, religiosas que separan a los hombres y a las mujeres, y es comprensible que luche denodadamente por identificar esas raíces que, enterradas en los pliegues más profundos de nuestras entrañas, exhiben descaradamente muchos de los personajes que los medios de comunicación nos presentan como ejemplares modelos de identificación.
Justo, desde su adolescencia, ha manifestado una obstinada preocupación por esos factores que determinan la formación de las ideas, el significado de las palabras, la adopción de las actitudes y el mantenimiento de las pautas de los comportamientos individuales, familiares y sociales. Por eso, quizás, es tan respetuoso con los símbolos que nos recuerdan y nos explican la grandeza y la nobleza del ser humano, en un mundo en el que, debido a la proliferación de los desajustes entre las convicciones, las palabras y los hechos, a veces recibimos la impresión de que corremos el peligro de naufragar.
Somos muchos los que le agradecemos su afán por traer a la memoria algunos de esos momentos intensos en los que, juntos a pesar de las circunstancias adversas, hemos disfrutado de las cosas buenas y bellas. Efectivamente, querido Justo, también, recuerdo ese estado de ánimo permanente, ese bienestar razonable, inseguro y tenue que, a pesar de las carencias -o quizás gracias a ellas- hemos alcanzado -eso sí- desarrollando unos esfuerzos ímprobos. Tienes razón cuando afirmas que, apoyándonos mutuamente, es posible mantener los equilibrios inestables de la convivencia, prolongar los días huidizos y ahondar los fugaces minutos de nuestra corta existencia.
Te agradecemos -querido amigo- que, sin necesidad de pronunciar largos discursos, nos sigas explicando que la felicidad es una meta suprema y un objetivo irrenunciable que, tenaz y paradójicamente, hemos de perseguir y alcanzar mientras que, ansiosos, recorremos los caminos zigzagueantes de un mundo dislocado y mientras que, fatigados, subimos las empinadas sendas de un universo desarticulado. Ya sé que tú -igual que muchos de nosotros- abrigas la profunda convicción de que algunos tesoros humanos, los más valiosos, no pueden ser devaluados por el desgaste de la rutina, por el deterioro de las enfermedades ni, siquiera, por la decadencia de la senectud. La memoria, efectivamente, sigue siendo una forma de permanencia.
sábado, 5 de julio de 2008
Lalia Guerrero Mora-Figueroa
Un ser humano que, con su sola presencia, proyecta la luz matizada de la bondad creando a su alrededor una atmósfera cálida de cordialidad apacible y pacificadora
José Antonio Hernández Guerrero
Si la elaboración de estos perfiles humanos semanales –meros apuntes esquemáticos- siempre me resulta delicada debido al inevitable riesgo de simplificación que entraña, realizar el dibujo de una mujer tan rica en valores humanos, en virtudes morales y en matices estéticos, es una empresa que, sin duda alguna, supera mi insuficiente capacidad de síntesis y desborda los estrechos límites de mis destrezas para el diseño. La dificultad aumenta, además, si tenemos en cuenta su exquisita discreción y su eficaz habilidad para velar el esplendor de sus indiscutibles talentos. Soy consciente de que cualquier expresión que suene a hipérbole retórica o, incluso, a elogio cortés, constituiría una falsificación de su verdadera imagen y una falta de respeto al significado de los mensajes que ella nos transmite.
Lalia -noble, delicada y amable- es una artista y, sobre todo, una persona buena: un ser humano que, con su sola presencia, proyecta la luz matizada de la bondad creando a su alrededor una atmósfera cálida de cordialidad apacible y pacificadora. Junto a ella –fortalecida con esa paciencia que confiere la esperanza y con la alegría que proporciona la fe- el tiempo fluye despaciosamente al ritmo tranquilo que imprimen los pasos silenciosos que, con seguridad, da hacia esa luz que ella otea en el horizonte. Paciente porque es esperanzada, y alegre porque es creyente, esta mujer fuerte colmó todas las ansias de bienestar de su marido y sigue alentando las vidas de sus diez hijos y las de sus veintitantos nietos.
Con su generosidad, con su alegría, con su cariño y con su inteligencia no sólo enriquece la existencia de todos los que la rodean, sino que, además, impregna los objetos que usa y extrae de los diferentes elementos del paisaje unas resonancias y unas sensaciones inéditas. Estoy convencido de que su arte para pintar es la expresión directa de los ecos que despiertan en su privilegiada sensibilidad artística, el ansia de encontrar esa pincelada mágica que sea capaz de crear ambientes dotados de sencillez y de transparencia máximas, la necesidad de crear un mundo más equilibrado, armónico, coherente y unido.
En la luz matizada de su pintura –en el resplandor suave de su vida- late un mensaje vital que nos anima para que sigamos caminando entre las nieblas, para que exploremos las esencias y para que lleguemos al fondo y al trasfondo de las cosas, a la vida sentida, compartida, vivida con sencillez, con naturalidad y con autenticidad. Mujer frágil de cuerpo y robusta de espíritu, despierta y activa, modesta y compasiva, disponible y servicial, carente de afán de poder y ansias de riquezas, Lalia es un ser en el que se cristalizan y se concentran los valores más estrictamente humanos que ella armoniza en una sorprendente síntesis vital.
jueves, 26 de junio de 2008
Eugenio Espinosa Martínez
Eugenio Espinosa Martínez
José Antonio Hernández Guerrero
Eugenio es un maestro en el sentido más noble de este término: es un hombre amable y cordial, eficiente y servicial, que está en posesión de esa sabiduría que se forja al calor del trabajo con los niños y con los adolescentes. Es un profesional de la educación que, plenamente consciente de que su tarea puede ser un factor determinante para la vida de sus discípulos, se esfuerza, día a día, para armonizar el rigor y la comprensión, la disciplina y la templanza. Vive su vida y ejerce su tarea como un ideal intelectual y como una exigencia moral, como una profesión y como misión, como una actividad integradora y como una acción civilizadora.
Estas son las razones por las que este benalupense discreto y sencillo, además de transmitir conocimientos, se ha empeñado siempre en proponer unos valores y en estimular unos hábitos –unas virtudes- que orienten a los alumnos en su desarrollo integral humano y en la búsqueda del bienestar compartido, en su construcción como personas responsables y como ciudadanos solidarios. Eugenio –profesor y educador- es, a mi juicio, uno de los profesionales que mejor han sabido resolver las aparentes antinomias que algunos establecen entre la autoridad y el respeto, entre la disciplina y la libertad, entre el orden y la confianza, entre la obediencia y la personalidad.
A mí siempre me ha llamado la atención la habilidad con la que, en los diferentes centros en los que ha ejercido el magisterio, ha estimulando el esfuerzo y la honestidad, ha fomentado el compañerismo y la responsabilidad, ha alentado el trabajo bien hecho y la progresiva superación. Pero es posible que los familiares, los amigos y los compañeros que lo han tratado con mayor confianza coincidan en que, tras esa imagen de hombre serio y recto, se esconde una persona dotada de un corazón inmenso, acogedor y compresivo que siempre tiene la palabra necesaria para aliviar a todo el que se acerca a él en demanda de ayuda.
Estoy convencido, además de que uno de los rasgos que mejor definen el perfil humano de este maestro detallista, minucioso y crítico, que disfruta trabajando y que trabaja disfrutando, es esa mezcla armónica de realismo y de fantasía, esa combinación equilibrada de un profundo sentido de la realidad inmediata que, paradójicamente, se alimenta con su aspiración de permanente renovación y de ilimitada trascendencia.
Eugenio es un amigo, sin fanatismo, del orden y un enemigo, sin rencor, de la rutina: es un maestro que, apoyado en la tierra firme de su honda conciencia de la grandeza y de la fragilidad de ser humano, proporciona las claves que sirven para, además de interpretar los libros, leer y vivir la vida.
domingo, 22 de junio de 2008
Guillermo Mendoza
José Antonio Hernández Guerrero
En su voz se encierra el código con el que podemos interpretar las sutiles líneas que dibujan su espíritu sereno, amable y esperanzado
Guillermo Mendoza
José Antonio Hernández Guerrero
Si escuchamos con atención –y, sobre todo, con respeto y con afecto- la voz de Guillermo, llegamos a la conclusión de que no necesitamos las explicaciones de los lingüistas ni de los retóricos para comprender que en ella se concentran los rasgos más característicos de su perfil humano. La entonación y el ritmo, las sílabas y las pausas con las que él articula el discurso de su vida nos ofrecen unas elocuentes pistas para que leamos -descifremos y valoremos- los alentadores mensajes que nos transmite con esa pronunciación controlada y con esa expresión transparente de su rostro apacible.
En su voz se encierra el código con el que podemos interpretar las sutiles líneas que dibujan su espíritu sereno, amable y esperanzado
Guillermo Mendoza
José Antonio Hernández Guerrero
Si escuchamos con atención –y, sobre todo, con respeto y con afecto- la voz de Guillermo, llegamos a la conclusión de que no necesitamos las explicaciones de los lingüistas ni de los retóricos para comprender que en ella se concentran los rasgos más característicos de su perfil humano. La entonación y el ritmo, las sílabas y las pausas con las que él articula el discurso de su vida nos ofrecen unas elocuentes pistas para que leamos -descifremos y valoremos- los alentadores mensajes que nos transmite con esa pronunciación controlada y con esa expresión transparente de su rostro apacible.
En su voz se encierra el código con el que podemos interpretar las sutiles líneas que dibujan su espíritu sereno, amable y esperanzado. Su pronunciación tan característica nos descubre la pequeña verdad que resume su concepción de la vida humana.
La voz de Guillermo genera una corriente circular de intercomunicación y un vínculo de interconexión que nos transmite la seguridad de que él nos atiende, de que nos entiende y, sobre todo, de que está dispuesto a ayudarnos: a servirnos en algo y para algo. A mí me llama la atención, sobre todo, la naturalidad, la sinceridad y la autenticidad con la que provoca el encuentro íntimo entre las personas, sin el menor atisbo de exhibicionismo, de vanidad, de narcisismo, de autosatisfacción, de pedantería ni de frivolidad. Tengo la convicción de que la imagen serena que proyecta es la expresión directa de la sosegada aceptación de su propia personalidad que, en ningún momento, siente necesidad de mostrarse de manera diferente a como es.
Hemos de reconocer que, para transmitir el fondo profundo de nuestro espíritu, es imprescindible que lo expresemos, más que con palabras, con el testimonio de una vida coherente, con las actitudes sinceras que adoptamos ante los que con nosotros conviven, en especial, en los momentos de dolor. Las palabras sólo establecen y sellan la comunicación cuando expresan los asentimientos auténticos de amor y de respeto al interlocutor. Son la sanción de un esfuerzo vital. La voz y la imagen personal transmiten mensajes sólo cuando condensan nuestro concepto de la vida, del hombre y de la sociedad. Las palabras sólo son válidas cuando traducen nuestras convicciones profundas y nuestros testimonios coherentes.
Esta transparencia del rostro amable de Guillermo, abierto como las ventanas de una casa para recibir la luz, nos transmiten una intensa carga de humanidad y de paz porque refleja e ilumina el alma pacífica y la expresión pacificadora de un luchador tenaz y de un sufridor infatigable. Su voz, en resumen, constituye una elocuente metáfora de las vidas elementales, laboriosas y sencillas de muchos de nuestros convecinos porque rima a la perfección con su mirada serena, tranquila y confiada, y porque manifiesta su generosidad, su alegría y su paz interior.
Jaime Cordero Barroso
Jaime Cordero Barroso
Uno de sus motores más activos de este hombre, agudo, incisivo y perspicaz, es el profundo amor al pueblo y a su pueblo de Alcalá de los Gazules
José Antonio Hernández Guerrero
Jaime constituye, a mi juicio, una de las pruebas más contundentes de la inagotable capacidad que poseen los seres humanos para, al mismo tiempo que maduran, seguir creciendo y produciendo frutos, para, acrecentando la conciencia del tiempo y del espacio en los que viven, hacer más habitable el entorno familiar y para construir una sociedad más solidaria.
Hombre agudo, incisivo y perspicaz, está entrenado para jugar el partido de la vida en campo propio y en los terrenos adversarios. Desde muy joven desarrolló una singular habilidad para aprovechar las oportunidades, para llevar el balón al fondo de la portería contraria, tras saltar por encima de las barreras sociales gratuitas y de las convicciones ideológicas injustificadas. Dotado de una paciencia invencible y de una férrea disciplina, ha sabido mantenerse alerta, con la musculatura en tensión y con el ánimo disponible, mientras aprendía cada uno de los secretos del fútbol, de la vida.
Hombre culto, atento y observador, de palabra fácil y de escritura elegante, clara y directa, es enemigo de las ambigüedades y de los circunloquios, y asume la vida como un horizonte abierto a experiencias siempre inéditas y como una rica cadena de oportunidades para seguir aprendiendo. Estoy convencido de que uno de sus motores más activos es el profundo amor al pueblo y a su pueblo. Quizás aquí radique también el secreto de su notable habilidad para tratar con respeto a los hombres sencillos y para relacionarse con naturalidad con la gente ilustrada. La claridad de sus palabras, fieles trasuntos de la claridad de sus ideas, constituye la manifestación directa de su sólida formación humanista.
Estas son las razones por las que no nos extraña la manera clara que Jaime posee de pronunciarse en público y en privado sobre cada uno de los asuntos concretos que la vida moderna nos presenta. Por eso nos resultan especialmente atractivas sus formas convincentes de analizar los problemas reales, eludiendo la tentación de caer en la superficialidad, en el radicalismo y en el exhibicionismo. Desde siempre, valoré, de manera especial, su realismo, su madura aceptación de la realidad inevitable, por muy dolorosa que fuera. Cualquier momento y cualquier ocasión le resultan propicios para convertirlos en oportunidades para escuchar y para atender las demandas, muchas veces silenciosas, de los demás.
Es posible que, en el fondo de su conciencia, aún le sigan resonando unas palabras que, con cierta frecuencia, repetía Sebastián Araújo, uno de esos antiguos maestros que lo estimularon para que lograra una libertad que le hiciera posible sacar a flote su rica personalidad:
“La vida humana es, ciertamente, demasiado importante y demasiado breve como para esperar los grandes acontecimientos para vivirla: o se vive en plenitud cada uno de los instantes o no se vive la vida”.
Francisco Álvarez Mateo
Francisco Álvarez Mateo
Un creyente convencido de que existe un más allá que está ahí, muy cerca de nosotros.
José Antonio Hernández Guerrero
Con sus gestos sobrios y con sus pausadas palabras, Francisco Álvarez Mateo nos transmite un mensaje claro: que nos despojemos de las poses ridículas y de las fórmulas estereotipadas, que abandonemos esas posturas artificiales que, como máscaras inútiles, ocultan o disimulan nuestra radical pequeñez. Con sus actitudes discretas nos explica que hemos de desconfiar de los sermones grandilocuentes y que hemos de confiar en la bondad del Padre que habita esta tierra, que transita por nuestras las calles, que se aloja en nuestras casas y, sobre todo, que late en el fondo de nuestro corazones.
Paco -lento y pulcro- está convencido de que la misión de los creyentes es, simplemente, acompañar a los desvalidos. “Dejadme, por favor, -repite de vez en cuando- que sea un cura a mi estilo”. Y es que él defiende ese modelo de sacerdote que, hombre normal, lee el Evangelio, está enraizado en su tierra y convive como el pueblo sencillo y con el pueblo sencillo.
Por eso se conforma con ser un servidor que cumple la gozosa tarea de invitar amablemente a los hombres y a las mujeres para que nos respetemos, nos comprendamos, nos ayudemos y nos queramos. Esperanzado creyente en los seres humanos, propone a sus acompañantes que, con templanza, con serenidad y con cariño, entablemos un diálogo abierto con todos los hombres de buena voluntad, pero, además. nos anima para que, silenciosamente, nos acerquemos y acompañemos, sobre todo, a los enfermos, a los ancianos y a los que sufren. Eso es lo que él hace en la Residencia José Matía Calvo en la que vive. Él sabe muy bien que, bajo las apariencias corporales, laten unos sentimientos muy hondos y, además, está convencido de que, aunque a simple vista no lo percibamos, existe un más allá que está ahí, muy cerca de nosotros.
Paco conoce que una de las herramientas más potentes para alcanzar la paz personal y colectiva es la oración sencilla. Recuerdo cuando, con cierto tono de tristeza, me comentó hace ya varios años su preocupación por el inútil esfuerzo que hacen algunos por convertir la fe en una teología y la teología en un conjunto de palabras confusas y absurdas, ajenas a los problemas y a los sufrimientos, y alejadas de las sensaciones y de los sentimientos que experimentamos cada día.
Su mirada desde la debilidad le obliga a un ejercicio de lucidez desgarrador porque, cuando contempla a los seres humanos que están situados en la sombra inquietante del sufrimiento, en la línea imperceptible que separa la vida de la muerte, su visión no puede sostenerse en el vacío sino que busca una guía luminosa que le proporcione algún sentido, sobre todo, en estos tiempos de tribulación en los que, febril y enloquecidamente, voces interesadas o desaprensivas nos empujan desde fuera para que huyamos hacia delante con el riesgo de precipitarnos en la autodestrucción.
Miguel Román
Miguel Román: que no regatea esfuerzos para escarpar la senda de la escritura creativa.
José Antonio Hernández Guerrero
Miguel es uno de esos esforzados seres humanos que, tras haber pasado toda una vida redactando -con orden, con corrección, con rigor y con esmero- numerosos textos administrativos y jurídicos, ha decidido subir la escarpada senda que le conduce al espacio abierto de la escritura creativa, a ese horizonte en el que están situados los que se sienten llamados, ineludiblemente, a efectuar el milagro de compartir la intimidad individual e intransferible; a perderse por los vericuetos de la imaginación y a encontrarse a sí mismo; a crear lazos de amistad con seres distantes; a hacer partícipes a otros de las propias sensaciones, sentimientos y pensamientos.
Dotado de una indomable voluntad y de una férrea disciplina, pretende saltar las alambradas que cercan a los serviciales escribientes y a los minuciosos copistas, para dejar constancia, y para comunicarnos al mayor número de conciudadanos los ecos que en su espíritu despiertan los episodios que, con su pícara mirada, él contempla.
Miguel sabe muy bien que escribir es formular, de manera imprecisa e incompleta, las experiencias vividas, pero que, además, es abrir puertas y ventanas: las puertas de la libertad y las ventanas de la solidaridad; es cruzar los puentes de la incomprensión; es hacer posible lo imposible. A pesar de su dilatada experiencia, aún se disfraza de niño para, con sus ingeniosos versos, jugar con nosotros a descubrirse y a esconderse y, para, con sus travesuras, divertirnos iluminando y, a veces, oscureciendo los percances de la vida. Excelente gourmet, no se conforma con deglutir las sustancias que extrae de sus múltiples experiencias, sino que nos la ofrece para que, reunidos en un festín de amigos, las saboreemos con fruición.
Aunque ya hace algún tiempo que traspasó la barrera de los setenta, aún sigue estudiando con la misma dedicación que lo hacen los jóvenes a los que les faltan escasas fechas para superar las pruebas de selectividad, y es que Miguel, está empeñado en mejorar su estilo literario con el fin de “buscar el tiempo perdido” y cometer algunas de las travesuras obvias, inocentes y perdonables que no perpetró durante su difícil adolescencia.
Es posible que éstas sean las claves que nos explican la razón de ese tiempo que le roba al día y a la noche para escribir y, así, evitar que se le olviden los asuntos más importantes de su vida: el amor y la amistad. “Escribir –nos confiesa- es una forma de hacer que permanezcan inalteradas las experiencias vitales, sin que influyan los cambios que experimentados en nuestra voz y en nuestro rostro. Escribir es una manera de curarnos, de recuperarnos, de vivir sin morir completamente. Ésta es la razón honda por la que se esfuerza para que, en sus poemas, quede algo -quizás lo más auténtico- de él mismo y, sobre todo, para hacernos a los demás partícipes de su vida, para confiarnos sus secretos, para comprenderse a sí mismo y para que los demás lo comprendamos a él.
Manolo Chaves
Manolo Chaves
José Antonio Hernández Guerrero
Manolo, persona inquieta, dinámica, intuitiva y rápida de reflejos, concentra en su menuda figura una intensa y explosiva energía. Desde que se levanta hasta que, ya rendido por tanto trajinar, se acuesta, está en permanente movimiento. Extrovertido, despierto y atento, este gaditano y viñero posee una notable habilidad para conectar con las gentes y una singular destreza para entablar relaciones sociales. Sus actitudes y sus comportamientos, su sencillez, su servicialidad y su cordialidad definen y personifican un estilo de ser humano que tiene mucho que ver con nuestro singular paisaje urbano y, sobre todo, con nuestra historia trimilenaria, con los continuos cambios de nuestros vientos y con los diferentes movimientos de nuestros mares.
Algunos clientes de El Faro afirman que ya ha cumplido el medio siglo en este restaurante en el que él trabaja, pero otros -los más agudos- están convencidos de que él está allí desde siempre y que permanecerá, inalterable y solícito, para siempre. Lo cierto es que conserva el mismo aspecto juvenil e igual disposición servicial que tenía cuando, todavía un chaval, empezó a trabajar allá por los años setenta del pasado siglo XX.
Manolo es, sencillamente, un trabajador detallista, responsable y eficaz que, contra viento y marea, ha atendido a abuelos, a hijos y a nietos, y que decidió ser libre para vivir plenamente su vida y, sobre todo, para dar testimonio de su profunda convicción de que el amor es el impulsor central de la existencia humana.
Con su mirada interrogante delata un espíritu inocente en el sentido más profundo de esta palabra: contempla el mundo -cada uno de los elementos de la naturaleza y cada uno de los miembros de la sociedad- con la limpia ingenuidad y con la candorosa lucidez del niño que descubre los misterios de las cosas elementales. Con sus ojos abiertos y con sus oídos atentos, penetra en la vida práctica, atiende los asuntos sin turbarse, trata a sus compañeros y sirve a sus clientes con cordialidad.
Sencillo y esperanzado, Manolo es un perspicaz observador de la vida, un ameno conversador y un contador de deliciosas historias capaces de trasladarnos en el tiempo hacia adelante y hacia atrás. Sus relatos, salpicados de referencias apoyadas en datos concretos y en fechas exactas, brillan por la inapelable exactitud del historiador riguroso. Sus comentarios, condimentados con una pizca de pimienta y con la fina sal de La Caleta, nos demuestran que, además de ocurrente y reflexivo, es inteligente e ingenioso. Amable y, a veces, impaciente, con sus observaciones cargadas de chispa y de razón, nos enseña a valorar y a vivir la vida, a hacer las cosas bien, a despojarnos de poses ridículas, de fórmulas estereotipadas, de posturas artificiales porque –como él afirma- “las máscaras no ocultan nuestra radical pequeñez”.
Ricardo Miranda
Ricardo Miranda: un médico que, además de profesional y científico, es un ser muy humano.
José Antonio Hernández Guerrero
Ricardo Miranda, hombre atento, amable y delicado, está convencido de que el lenguaje es una de las herramientas terapéuticas y de que la discreción es un escudo que nos protege de la frivolidad. No es extraño que, por lo tanto, sea un excelente administrador de las palabras y de las pausas ni que, con la expresión de su rostro sereno, nos exprese de manera directa la importancia que concede a su profesión de médico y el respeto que le merecen los pacientes. Me he fijado detenidamente cómo, quizás por estar habituado al análisis y a la reflexión, antes de hablar, espera hasta que encuentra el término preciso y la fórmula ajustada. Por eso es normal que le incomoden las algarabías, que prefiera escuchar antes de hablar y esperar el momento oportuno, para que, con prudencia, paciencia, discreción y templanza, acierte con la palabra adecuada.
Convencido de que su oficio es un servicio, durante su dilatada trayectoria profesional se ha entregado incondicionalmente a mejorar las condiciones en las que se deben desarrollar unas tareas que influyen, de manera directa, en la calidad y en la cantidad de la vida de los ciudadanos: la medicina, efectivamente, además de aliviarnos los dolores y de curarnos las enfermedades, nos ayuda de manera eficaz a “vivir la vida” en el más amplio e intenso sentido de esta expresión.
Si, como cirujano del aparato digestivo se distingue por el esmero, por pulcritud, por minuciosidad de sus intervenciones y por la confianza, por la tranquilidad y por los alientos que inspira a los pacientes, como presidente del Colegio Médico, desempeña sus delicadas tareas con lealtad a sus colegas y con la plena conciencia de quien es sabedor de que desempeña un servicio social a sus conciudadanos.
Su labor al frente del Colegio es de una eficacia y de una delicadeza reconocidas por todos los afiliados. La referencia que tengo de este médico es que se trata de una persona activa, cercana e interesada por todo lo que tiene relación con el ejercicio de la Medicina. Varios de sus colegas me habían adelantado que, cuando me entrevistara con Ricardo, advertiría desde el primer momento -que sentiría la sensación- de que es una persona seria, con la que, sin necesidad de muchas palabras, se establece una relación respetuosa y cordial.
La trayectoria médica de este gallego orgulloso de serlo, que posee una firme voluntad de ser gaditano y una irrenunciable vocación universalista, está orientada por su lúcida inteligencia, por su fina sensibilidad, por su cordial seriedad y, en resumen, por esos rasgos que adornan a los médicos que, además de profesionales y científicos, son seres humanos, muy humanos.
Martín Bueno Lozano
El padre Martín Bueno Lozano cumple noventa años.
Un sacerdote que, comprometido con sus gentes y atornillado a su suelo, ha sido fiel a las utopías del Evangelio
José Antonio Hernández Guerrero
El pasado lunes, día cinco, el padre Martín Bueno cumplió noventa años. A pesar de que siente el cuerpo fatigado por el largo viaje, este hombre bueno mantiene el espíritu despierto gracias a las luces que siguen inundando su dilatada vida y que han guiado sus múltiples tareas pastorales: las luz de las verdades en las que él cree, la luz de las promesas en las él que confía y, sobre todo, la luz del amor -de los amores- a los que él ha entregado toda su existencia.
Nos sorprende cómo, desde la cima de su ancianidad, sigue mirando el mundo con los ojos abiertos de aquel niño que nació en Jimena de la Frontera, un pueblo fronterizo que, situado en el límite de la provincia de Cádiz, asentado sobre la roca firme de su historia milenaria y de sus tradiciones ancestrales, recuerda su pasado con gratitud, contempla sus alrededores con serenidad y mira su futuro con ilusión.
Es posible que aquí residan algunas de las claves de su manera de reaccionar con permanente sorpresa, con limpia ingenuidad y con abierta franqueza. Quizás ésta sea la explicación profunda de la paciencia con la que ha tallado los sillares de su conducta coherente y de la habilidad con la que emplea las palabras para descubrirnos el sentido original de las cosas y para que, trascendiendo el sentido trágico, proclamemos nuestra fe en la vida.
Fíjense cómo, soñador e idealista, se ha comprometido con sus gentes y, atornillado a su suelo, ha sido fiel a las utopías del Evangelio. Dotado de un corazón libre y un poco salvaje, su trayectoria está marcada por una permanente búsqueda de sentido en dirección al abismo de la interioridad, por una pasión por el lenguaje, por la tendencia tenaz, incesante y obsesiva, a decir lo inefable, lo que nos toca más a fondo el sentido mismo de nuestra existencia.
Este hombre inquieto, intuitivo, locuaz y, sobre todo, bueno, que se ha alimentado de silencio para escuchar las voces íntimas que hablan sobre el vivir y que, ahora, volviendo a sus orígenes, prefiere, simplemente, la vida desnuda, sin adornos o, mejor, adornada de la misma desnudez. Esperanzado, nos explica cómo el amanecer gris de algunos días aciagos se transforma en la luminosidad del amor.
Aprovechamos la oportunidad de este cumpleaños para hacer patente nuestro respeto y nuestra admiración por su radical honestidad, por su total independencia, por su ilimitada curiosidad intelectual, por su exquisita cortesía y por su compromiso activo con los valores morales.
El padre Martín Bueno, sugeridor y entusiasta, es un adelantado, un avanzado que, dotado de una extraordinaria lucidez para roturar nuevos caminos, y provisto de una notable audacia para romper moldes anquilosados, ha sabido acomodarse a los ritmos desiguales de los tiempos, adaptarse a las sucesivas situaciones históricas y dar respuestas pastorales adecuadas a cada uno de los momentos cambiantes, ha hecho gala de una sorprendente “fidelidad creativa”.
Un sacerdote que, comprometido con sus gentes y atornillado a su suelo, ha sido fiel a las utopías del Evangelio
José Antonio Hernández Guerrero
El pasado lunes, día cinco, el padre Martín Bueno cumplió noventa años. A pesar de que siente el cuerpo fatigado por el largo viaje, este hombre bueno mantiene el espíritu despierto gracias a las luces que siguen inundando su dilatada vida y que han guiado sus múltiples tareas pastorales: las luz de las verdades en las que él cree, la luz de las promesas en las él que confía y, sobre todo, la luz del amor -de los amores- a los que él ha entregado toda su existencia.
Nos sorprende cómo, desde la cima de su ancianidad, sigue mirando el mundo con los ojos abiertos de aquel niño que nació en Jimena de la Frontera, un pueblo fronterizo que, situado en el límite de la provincia de Cádiz, asentado sobre la roca firme de su historia milenaria y de sus tradiciones ancestrales, recuerda su pasado con gratitud, contempla sus alrededores con serenidad y mira su futuro con ilusión.
Es posible que aquí residan algunas de las claves de su manera de reaccionar con permanente sorpresa, con limpia ingenuidad y con abierta franqueza. Quizás ésta sea la explicación profunda de la paciencia con la que ha tallado los sillares de su conducta coherente y de la habilidad con la que emplea las palabras para descubrirnos el sentido original de las cosas y para que, trascendiendo el sentido trágico, proclamemos nuestra fe en la vida.
Fíjense cómo, soñador e idealista, se ha comprometido con sus gentes y, atornillado a su suelo, ha sido fiel a las utopías del Evangelio. Dotado de un corazón libre y un poco salvaje, su trayectoria está marcada por una permanente búsqueda de sentido en dirección al abismo de la interioridad, por una pasión por el lenguaje, por la tendencia tenaz, incesante y obsesiva, a decir lo inefable, lo que nos toca más a fondo el sentido mismo de nuestra existencia.
Este hombre inquieto, intuitivo, locuaz y, sobre todo, bueno, que se ha alimentado de silencio para escuchar las voces íntimas que hablan sobre el vivir y que, ahora, volviendo a sus orígenes, prefiere, simplemente, la vida desnuda, sin adornos o, mejor, adornada de la misma desnudez. Esperanzado, nos explica cómo el amanecer gris de algunos días aciagos se transforma en la luminosidad del amor.
Aprovechamos la oportunidad de este cumpleaños para hacer patente nuestro respeto y nuestra admiración por su radical honestidad, por su total independencia, por su ilimitada curiosidad intelectual, por su exquisita cortesía y por su compromiso activo con los valores morales.
El padre Martín Bueno, sugeridor y entusiasta, es un adelantado, un avanzado que, dotado de una extraordinaria lucidez para roturar nuevos caminos, y provisto de una notable audacia para romper moldes anquilosados, ha sabido acomodarse a los ritmos desiguales de los tiempos, adaptarse a las sucesivas situaciones históricas y dar respuestas pastorales adecuadas a cada uno de los momentos cambiantes, ha hecho gala de una sorprendente “fidelidad creativa”.
Martín Bueno Lozano
El padre Martín Bueno Lozano cumple noventa años.
Un sacerdote que, comprometido con sus gentes y atornillado a su suelo, ha sido fiel a las utopías del Evangelio
José Antonio Hernández Guerrero
El pasado lunes, día cinco, el padre Martín Bueno cumplió noventa años. A pesar de que siente el cuerpo fatigado por el largo viaje, este hombre bueno mantiene el espíritu despierto gracias a las luces que siguen inundando su dilatada vida y que han guiado sus múltiples tareas pastorales: las luz de las verdades en las que él cree, la luz de las promesas en las él que confía y, sobre todo, la luz del amor -de los amores- a los que él ha entregado toda su existencia.
Nos sorprende cómo, desde la cima de su ancianidad, sigue mirando el mundo con los ojos abiertos de aquel niño que nació en Jimena de la Frontera, un pueblo fronterizo que, situado en el límite de la provincia de Cádiz, asentado sobre la roca firme de su historia milenaria y de sus tradiciones ancestrales, recuerda su pasado con gratitud, contempla sus alrededores con serenidad y mira su futuro con ilusión.
Es posible que aquí residan algunas de las claves de su manera de reaccionar con permanente sorpresa, con limpia ingenuidad y con abierta franqueza. Quizás ésta sea la explicación profunda de la paciencia con la que ha tallado los sillares de su conducta coherente y de la habilidad con la que emplea las palabras para descubrirnos el sentido original de las cosas y para que, trascendiendo el sentido trágico, proclamemos nuestra fe en la vida.
Fíjense cómo, soñador e idealista, se ha comprometido con sus gentes y, atornillado a su suelo, ha sido fiel a las utopías del Evangelio. Dotado de un corazón libre y un poco salvaje, su trayectoria está marcada por una permanente búsqueda de sentido en dirección al abismo de la interioridad, por una pasión por el lenguaje, por la tendencia tenaz, incesante y obsesiva, a decir lo inefable, lo que nos toca más a fondo el sentido mismo de nuestra existencia.
Este hombre inquieto, intuitivo, locuaz y, sobre todo, bueno, que se ha alimentado de silencio para escuchar las voces íntimas que hablan sobre el vivir y que, ahora, volviendo a sus orígenes, prefiere, simplemente, la vida desnuda, sin adornos o, mejor, adornada de la misma desnudez. Esperanzado, nos explica cómo el amanecer gris de algunos días aciagos se transforma en la luminosidad del amor.
Aprovechamos la oportunidad de este cumpleaños para hacer patente nuestro respeto y nuestra admiración por su radical honestidad, por su total independencia, por su ilimitada curiosidad intelectual, por su exquisita cortesía y por su compromiso activo con los valores morales.
El padre Martín Bueno, sugeridor y entusiasta, es un adelantado, un avanzado que, dotado de una extraordinaria lucidez para roturar nuevos caminos, y provisto de una notable audacia para romper moldes anquilosados, ha sabido acomodarse a los ritmos desiguales de los tiempos, adaptarse a las sucesivas situaciones históricas y dar respuestas pastorales adecuadas a cada uno de los momentos cambiantes, ha hecho gala de una sorprendente “fidelidad creativa”.
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